25.2.16

"El amor es una enfermedad"

Obra de Camille Claudel
Camille Claudel.

El amor es una enfermedad de las más jodidas y contagiosas. 
 A los enfermos, cualquiera nos reconoce. 
Hondas ojeras delatan que jamás dormimos, despabilados noche tras noche por los abrazos, o por la ausencia de los abrazos, y padecemos fiebres devastadoras y sentimos una irresistible necesidad de decir estupideces.

El amor se puede provocar, dejando caer un puñadito de polvo de quereme, como al descuido, en el café o en la sopa o en el trago. 
Se puede provocar, pero no se puede impedir. 
No lo impide el agua bendita, ni lo impide el polvo de hostia; tampoco el diente de ajo sirve para nada. 
El amor es sordo al Verbo divino y al conjuro de las brujas. 
No hay decreto del gobierno que pueda con él, ni pócima capaz de evitarlo, aunque las vivanderas pregonen, en los mercados, infalibles brebajes con garantía y todo.

EDUARDO GALEANO.

24.2.16

" La mujer ejemplar."

"Hasta un caballo manso patea
 si sufre demasiado."
Alex Haley.

Vivió obedeciendo al mandato bíblico y a la tradición histórica.

Ella barría, lustraba, enjabonaba, enjuagaba, planchaba, cosía y cocinaba.

A las ocho en punto de la mañana servía el desayuno, con una cucharada de miel para el eterno ardor de garganta de su marido.
 A las doce en punto servía el almuerzo, consomé, puré de papas, pollo hervido, duraznos en almíbar.
 Y a las ocho en punto la cena, con el mismo menú.
Jamás se atrasó, jamás se adelantó.
 Comía en silencio, porque no era mujer opinativa ni preguntativa, mientras el marido contaba hazañas presentes y pasadas.
Después de la cena, se demoraba lavando lentamente los platos, y entraba en la cama rogando a Dios que él estuviera dormido.

Para entonces ya se habían difundido bastante la máquina lavarropas, la aspiradora eléctrica y el orgasmo femenino, que habían llegado poco después de la penicilina; pero ella no se enteraba de las novedades.

Sólo escuchaba los radioteatros, y rara vez salía del refugio de paz donde vivía a salvo de la violencia del mundo.
Una tarde, salió.
Fue a visitar a una hermana enferma.
 Cuando regresó, al anochecer, encontró al marido muerto.
Algunos años después, la abnegada confesó que esta historia no había terminado exactamente así.
Contó el otro final a un vecino llamado Gerardo Mendive, que se lo contó a un vecino que se lo contó a otro vecino que se lo contó a otro: al volver de la casa de la hermana, ella encontró al marido caído en el suelo, jadeando, bizqueando, la cara de color tomate, y pasó de largo, se metió en la cocina, preparó un inolvidable banquete de calamares en su tinta y merluza a la vasca, con un postre de alta torre de frutas y de helados, todo regado con un vino añejo que tenía escondido, y a las ocho en punto de la noche, como era su deber, sirvió la cena, se hartó de comer y de beber, confirmó que él estaba definitivamente quieto en el suelo, se persignó, se vistió de negro y llamó por teléfono al médico.

Eduardo Galeano

"El pánico y sus trampas."

Entre una punta y la otra, el medio. 
Entre los que viven prisioneros del desamparo y los que viven

 prisioneros de la opulencia, están los niños que tienen bastante más que nada, pero mucho menos
 que todo. 
Cada vez son menos libres los niños de clase media.
 Se les confisca la libertad, día tras día,

 la sociedad que sacraliza el orden mientras genera el desorden. En estos tiempos de inestabilidad
 social, cuando se concentra la riqueza y la pobreza se difunde a ritmo implacable, ¿quién no
 siente que el piso cruje bajo los pies?
 La clase media vive en estado de impostura, simulando

 tener más que lo que tiene, pero nunca le ha resultado tan difícil cumplir con esta abnegada 
tradición.
 Está, hoy por hoy, paralizada por el pánico: el pánico de perder el trabajo, el auto, la casa,

 las cosas, y el pánico de no llegar a tener lo que se debe tener para llegar a ser. 
 La sufrida clase media sigue creyendo en la experiencia como aprendizaje

 de la obediencia, y con frecuencia defiende todavía al orden establecido como si fuera su dueña, 
aunque no es más que una inquilina del orden, más que nunca agobiada por el precio del alquiler
 y el pánico al desalojo.
En el pánico, pánico de vivir, pánico de caer, cría a sus hijos. Atrapados en las trampas del

 pánico, los niños de clase media están cada vez más condenados a la humillación del encierro 
perpetuo.
 En la ciudad del futuro, que ya está siendo presente, los teleniños, vigilados por niñeras

 electrónicas, contemplarán la calle desde el balcón o la ventana: la calle prohibida por la violencia, 
o por el pánico a la violencia; la calle donde ocurre el siempre peligroso, y a veces prodigioso, 
espectáculo de la vida.

Eduardo Galeano