7.1.21

" Los ochenta años de Eduardo Galeano". Eric Nepomuceno.

 De no haber cometido la imprudente indelicadeza de embarcar en su único viaje sin regreso el lunes 13 de abril de 2015, Eduardo Galeano habría cumplido 80 años



Ese vacío se extiende a Martha, mi compañera desde hace casi medio siglo, y a nuestro hijo cineasta, Felipe, que hizo un documental hermoso llamado “Eduardo Galeano Vagamundo”.

Pura nostalgia, pura melancolía, puro espanto. Y puras preguntas al hermano que la vida me dio, y que ya no está.

Por ejemplo: Eduardo Galeano ha sido uno de los pioneros, entre los intelectuales latinoamericanos progresistas, a preocuparse – y a batallar – por la causa del medioambiente.

¿Cómo vería lo que pasa en mi país, el Brasil que era una especie de segunda patria para él, con las devastaciones en la Amazonia? ¿Cómo vería a ese troglodita genocida que nos preside y que asiste inmutable, y reniega, la devastación de la naturaleza que solo en 2020 aumentó por lo menos 35 por ciento? ¿Cómo vería un gobierno que la estimula de manera directa e indirecta sin pausa ni cuidado?

En sus últimos tiempos entre nosotros Eduardo anduvo rechazando (o casi) el libro que lo hizo conocido en los cuatro rincones del mundo, Las venas abiertas de América Latina. Decía que era un libro superado, o algo parecido. Que ya no lo hubiera escrito de la manera que escribió.

¿Qué diría de lo que viven nuestras comarcas hoy día, bajo la sombra nefasta de Donald Trump y su versión tropical y desequilibrada, Jair Bolsonaro? ¿Alguna vez pudo prever que su libro volvería a estar absolutamente actual? ¿Podría haber anticipado en algún momento que mi país padecería los males ya no de un gobierno militar, pero militarizado con lo que hay de peor en el mundo de los uniformados?

¿Qué diría de la derechización devastadora de Bolivia, Chile, Ecuador? ¿Cómo nos alentaría a mantenernos parados, luchando por el cambio que nos devolviese las esperanzas heridas?

Desde nuestros primeros encuentros, allá por marzo o abril de 1973 en Buenos Aires, siempre me impresionó la firme determinación de Eduardo. Era un obstinado impetuoso, con una fe olímpica en el cambio que alguna vez nos llevaría a una vida de menos desigualdades, menos abismos sociales, menos privilegios para los privilegiados de siempre y más justicia para los abandonados de siempre.

Mirando el escenario actual que ahoga a nuestra gente, ¿cómo reaccionaría? ¿De dónde sacaría aliento para seguir en la lucha?

¿Qué andaría escribiendo para revelarnos la grandeza de las pequeñas, ínfimas cosas de la vida?

El mundo padece una pandemia inexplicable, tremenda. En algunos de nuestros países – Perú, México, Chile, Ecuador y otra vez de manera dramática Brasil – el cuadro de la devastación de vidas es tenebroso.

¿Cómo haría Eduardo para mantenerse erecto? ¿De dónde sacaría fuerzas para seguir contra el viento de un terror desconocido?


¿Y cómo sería su lucha en estos tiempos tenebrosos? ¿Cuáles serían sus pasos entre las tinieblas que nos ahogan?¿Cómo se mantendría en su eterna inquietud a los ochenta años de una vida vivida a cada minuto hasta la última gota? El paso de los años serenó, en parte, esa inquietud. Pero no rompió la fibra tensa de su alma luchadora por un mundo más justo.

Escribo en una casa que él no conoció, en las montañas vecinas a Río, donde estamos confinados desde el 17 de marzo, un martes cada vez más lejano, perdido en la polvareda del tiempo.

Luego de larguísimos días de un otoño y un invierno especialmente rigurosos, hay un sol esplendoroso afuera, un sol parecido a lo que la vida a veces se transforma: alumbra pero no calienta. Esparce una luz deslumbrante pero sin calor.

Sé bien que no habrá respuesta para mis preguntas. Ese vacío me acompaña desde hace exactos cinco años, cuatro meses y 24 días.

A veces el dolor de su ausencia y que me rompe el alma se alivia por algunos brevísimos instantes: es cuando pienso que Eduardo se fue para no contemplar la tragedia que nos destroza. A veces.

Luego vuelvo a las preguntas de siempre. Y al mismo vacío.

Fueron 42 años de amistad fraterna. Ese es el tamaño del vacío que vivo desde abril del 2015. Ese el tamaño de mi dolor en un país, un mundo, que duele cada vez más.

Sí, sí, ya no habrá respuestas de Eduardo.

 Pero hay que merecer su memoria, y la única manera de merecerla es seguir creyendo. Y luchando.

¿Hasta cuándo? Hasta siempre. 

- Artículo publicado en Página12 -

15.12.20

"Hombre verde."

 "...Pensaron que podrían amordazar la fe
 en el reino de la justicia 
y convertir en moneda 
el esplendor de la primavera.
 Ni presintieron que eres de la estirpe 
de los seres que nacen para permanecer.
 Ahora, intocable, prescindes del cuerpo.
 Perduras con nosotros.
 Nos llevas y te llevamos.
 He aquí que la vida del hombre 
y lo que habla y lo que hace 
se hace fundamento de lo que será el porvenir.."

THIAGO DE MELLO


Hoy hubiera sido el cumpleaños de Chico Mendes.

Hubiera sido.

Pero los asesinos de la Amazonia matan los árboles molestos, y también matan a la gente molesta.

Gente como Chico Mendes.

Sus padres, esclavos por deudas, habían llegado a las plantaciones de caucho desde el lejano desierto de Ceará.

Él aprendió a leer a los veinticuatro años.

En la Amazonia organizó sindicatos y juntó a los solos, peones esclavizados, indios desalojados, contra los devoradores de tierras y sus bandoleros a sueldo, y contra los expertos del Banco Mundial, que financian el envenenamiento de los ríos y el bombardeo de la selva.

Y fue marcado para morir.

Los tiros entraron por la ventana. 

EDUARDO  GALEANO.

De: " Los hijos de los días."

"Genocidio y ecocidio."


 La salud del mundo está hecha un asco.

 “Somos todos responsables”, claman las voces de la alarma universal, y la generalización absuelve: si somos todos responsables nadie es.

 Como conejos se reproducen los nuevos tecnócratas del medio ambiente.

 Es la tasa de natalidad más grande del mundo: los experto s generan expertos y más expertos que se ocupan de envolver el tema en el papel celofán de la ambigüedad.

 Ellos fabrican el brumoso lenguaje de las exhortaciones al “sacrificio de todos” 

en las declaraciones de los gobiernos y en los solemnes acuerdos internacionales

 que nadie cumple. 

Estas cataratas de palabras, inundación que amenaza convertirse en una catástrofe ecológica comparable al agujero de ozono, no se desencadenan gratuitamente.

 El lenguaje oficial ahoga la realidad para otorgar impunidad a la sociedad de consumo,

 a quienes la imponen por modelo en nombre del desarrollo y las grandes empresas 

que  le sacan jugo. Pero las estadísticas confiesan.

 Los datos ocultos bajo el palabrerío revelan que el veinte por ciento de la humanidad 

comete el ochenta por ciento de las agresiones contra la naturaleza,

 crimen que los asesinos llaman suicidio, y es la humanidad 

entera quien paga las consecuencias de la degradación de la tierra,

 la intoxicación del aire, 

el envenenamiento del agua,

 el enloquecimiento del clima 

y la dilapidación de los recursos naturales no renovables."


EDUARDO  GALEANO..