20.3.19

" Escribir cansa, pero consuela”.


“Detesto a los lastimeros,
 odio a los quejosos,
 admiro a quienes saben aguantar callando los golpes del mal tiempo,
 y por suerte nunca falta algún amigo que me dice
 que siga escribiendo nomás,
 que los años ayudan
 y que la calvicie ocurre por pensar demasiado
 y es una enfermedad profesional. 
Escribir cansa, pero consuela”.

EDUARDO GALEANO

Palabras que nunca se lleva el viento

-  Obra de LUIS SCAFATI -

Artículo escrito en 2016 en Página/ 12.
 LAS VENAS ABIERTAS DE AMÉRICA LATINA, CON ILUSTRACIONES DE LUIS SCAFATI
“Mi nacimiento confirmó que Dios no es infalible; pero no siempre me equivoco, sin embargo, a la hora de elegir la gente que quiero y las ideas en que creo”, confiesa Eduardo Galeano en “Brevísimas señas del autor”, incluido en El cazador de historias, su último libro publicado póstumamente que agotó dos ediciones de 30.000 y 15.000 ejemplares.
 “Detesto a los lastimeros, odio a los quejosos, admiro a quienes saben aguantar callando los golpes del mal tiempo, y por suerte nunca falta algún amigo que me dice que siga escribiendo nomás, que los años ayudan y que la calvicie ocurre por pensar demasiado y es una enfermedad profesional. Escribir cansa, pero consuela”, concluye el escritor uruguayo ese texto que condensa una ética y una estética que cultivó hasta su muerte a los 74 años, el 13 de abril de 2015, hace poco más de un año.
 Como parte de la celebración de una obra que ha dejado huellas imborrables, Página/12 ofrece a sus lectores desde el próximo miércoles una obra paradigmática del uruguayo, que marcó toda una época y se convirtió en contraseña en tiempos oscuros. 
No es una reedición más. El libro que Galeano publicó en 1971 llega ahora realzado por las ilustraciones de uno de los gigantes del dibujo y la ilustración en Argentina: el mendocino Luis Scafati retomó esa radiografía precisa del continente y la tradujo a una serie de imágenes con esa clase de belleza que ya ha puesto en juego para ilustrar a Piglia y a Poe, a Arlt y a Kafka; no es casual que Fati –como lo conocen todos en el gremio del plumín– haya sido premiado en 2012 con un Konex que lo distinguió como uno de los cinco mejores ilustradores de la década en el país.
 Así, sus dibujos otorgan aún más potencia a un texto que, 45 años después, asombra por su vigencia: aquella precisa investigación de Galeano sobre las colonizaciones de toda clase, el avasallamiento económico, la primacía de las grandes empresas sobre los pueblos de América latina, tiene hoy una sintonía especial con los aires que atraviesan el continente en los últimos tiempos que no sólo asombra: asusta.
El lanzamiento de los fascículos llega en combinación con otro homenaje a la obra de Galeano: la presente edición del diario incluye El cazador de historias, un suplemento para conservar y releer. La celebración de los 29 años de vida de este diario ameritaba un repaso por algunas de las mejores notas que el escritor realizó en estas páginas, un paseo por tantas lecturas que combinaron periodismo y literatura, visión clínica de las realidades sociopolíticas y vuelo poético.
 Pero además, hoy a las 19.30 en la Sala Caras y Caretas (Sarmiento 2037) se producirá un encuentro que buscará celebrar su obra y ponerle voces de esas que multiplican su efecto. Estela Carlotto, Cristina Banegas, Gerardo Romano y Carolina Peleritti pasarán por el escenario para leer sus textos predilectos de Galeano; Scafati dará su visión sobre lo que significó trabajar sobre Las venas abiertas de América latina; habrá palabras de Hugo Soriani –por la dirección de Página/12–, Nicolás Trotta –rector de la Universidad Metropolitana para la Educación y el Trabajo– y Carlos Díaz, de la Editorial Siglo XXI. Como cierre ideal para la velada, León Gieco le dedicará sus canciones que han servido tantas veces como banda de sonido casi obligada a las ideas y preocupaciones de Galeano.
Cristina Banegas tuvo el honor de conocer a Eduardo Galeano hace muchos años, en la época de la revista Crisis. “Yo era muy amiga de Vicente Zito Lema, que era el director de la revista en 1976”, dice la actriz y directora. “Entonces estaba haciendo Woyzeck, la obra de Georg Büchner sobre la historia de un soldado, lo menos oportuno para ese momento. Vicente y Eduardo estaban clandestinos porque a la revista la habían allanado un par de veces y me acuerdo que venían a ver la obra y después nos íbamos a comer a una pizzería. Tuve un momento de mucho contacto en una situación de absoluta clandestinidad, lo cual era entre divertido y terrorífico. Ahí lo empecé a leer a Eduardo, en esos tiempos turbulentos en los que había una gran intensidad en los vínculos”, plantea Banegas, y confiesa que todavía no eligió qué leerá en el homenaje, aunque intuye que habrá algo de Las venas abiertas de América latina con textos más personales y recientes. “Su obra ha hecho un camino extraordinario en el mundo”, pondera, sin dudas.
Carlos Díaz, director editorial de Siglo XXI, cuenta que lo primero que leyó fue precisamente Las venas abiertas de América latina, “un libro que te marca y te abre la cabeza”. Detrás de esta primera lectura hay una anécdota de preludio. “A los 15 años trabajé en una Feria del Libro, me pusieron en un stand y me dijeron:-  ‘Flaco, cuidá que no se roben nada’. Había un libro que tenía que reponer todo el tiempo: Las venas abiertas... No podía creer cómo se vendía. Ahí lo descubrí y después lo leí”, recuerda Díaz. El editor lo vio por última vez los primeros días de abril del año pasado, una semana antes de su muerte.
 “Murió en su ley en lo ideológico, porque a Eduardo lo quisieron hacer pedir perdón y que renegara de su ideología, de todo lo que había defendido a lo largo de su vida, pero él con una sonrisa en la cara se mantuvo fiel hasta el final. No es que no haya evolucionado su pensamiento o sus ideas; sí fueron cambiando y fue tomando posiciones muy críticas respecto de cuestiones que había defendido en otro momento. Nunca se convirtió en un escritor ideológicamente lavado”.
Será por eso que el nombre de Eduardo Galeano sigue teniendo el peso de una contraseña entre tantos que vivieron tiempos oscuros y encontraron luz entre sus frases. 
 A veces a las palabras no se las lleva el viento.