17.4.18

No te tomes en serio nada que no te haga reír, decía Galeano.Por Román Cortázar

Para Helena Villagra,

aire en el viento.

El cuentacuentos

Cuando visité a Eduardo Galeano en el hotel Condesa, me propuso ir a caminar al Parque España. No sé cuántas horas dimos vueltas, bajo los árboles cantores, proclamando que el mundo es mágico. Con paso lento, hablamos de García Lorca y me contó que en un teatro de Asís, en Italia, había aplaudido con Helena hasta despellejarse las manos y las suelas de los zapatos, porque los actores, más numerosos que el público de dos únicos espectadores, se habían entregado enteros. Me preguntó por el fraude electoral contra López Obrador y terminamos hablando, con lujo de detalles, de revistas y del Che Guevara.


La noche bajaba balanceándose entre las casonas y los faroles.
Galeano me miró con sus ojos azulísimos.
–Te quiero presentar a un amigo.
–¿Cuándo?
–Ahorita, como dicen ustedes.
Nos paramos junto a un auto clásico estacionado
 casi en la entrada del hotel y entonces decidió confesarme
 que su amigo era muy parlanchín.
 Y así fue que me presentó a su amigo.
–Hoy anda un poco serio.
–¿Quién?, ¿dónde? –le dije.
–Ah –dijo Eduardo–, adentro del coche.
Y adentro no había nadie. Sólo un maniquí.

El ojo de la cerradura visto por el universo

Guillermo Chifflet, El Flaco, conoció a Galeano en los días
 de la Juventud Socialista, en 1955.
 En la Casa del Pueblo tomaban el Curso de Formación Socialista, 
que derivaba, entre otros, en los cursillos La Teoría Socialista,
 que impartía Enrique Broquen, y El problema del imperialismo,
 con Vivián Trías y Germán D’Elía,
 cursillos que continuaban porfiadamente en La Telita,
 un bodegón que de día vendía verduras y de noche se volvía boliche. 
No hace mucho, en Montevideo, le pregunté por Galeano,
 su compañero y hermano en las redacciones de El Sol y Marcha,
 en la aventura de Época, en la Gaceta de la Universidad 
y la fundación de Brecha.
 “Un compañero excepcional, con gran imaginación, además,
 y humor, buen humor, siempre estaba alegre”.
Y esa alegría pasaba lista en Época, limpiando diariamente la palabra justicia.
 Y no faltaba tampoco a su cita con la rebeldía.

Otra ventana

En el número 285 de El Sol (también de diciembre de 1965) se publicó
 una pequeña historia.
 Por entonces, la represión encarceló a más de mil obreros sindicales
 y el binomio Moratorio-Tejera decretó la clausura de Época,
 El Popular, El Sol y dos diarios salteños.
 Aquello espantaba pero los locos de Época resolvieron convertir en papel 
sus pizarrones y, desde los balcones, difundir las noticias más importantes
 de la jornada
. Se les prohibió el periodismo de pizarrón.
 Anunciaron en ellos su clausura.
 También se les prohibió.
 Y entonces en los pizarrones aparecieron frases de la literatura española.
 Para peor, recogidas con aplausos por circunstanciales lectores de la calle.
 Ante esto, un policía decidió consultar telefónicamente con el comisario:
–Sí, ahora pusieron una frase que dicen es de un clásico español.
–¿...?
–Del Quijote de la Mancha, dicen.
–¿...?
–Mire, no lo tengo muy presente, pero es algo así como que están ladrando 
los perros porque viene mucha gente, o algo así, no sé.
–¡...!
–Ta bien, comisario.
Y comunicó la decisión: - ¡HAY QUE SACARLO!
En el pizarrón se leía: “Ladran, Sancho; señal que cabalgamos”.
 –Miguel de Cervantes (anterior a Tejera).

Encuentros

No por casualidad, ante la ola reaccionaria que arde
 con el neoliberalismo 
 sus textos siguen siendo miradas para lavar el mundo al revés.
Y contando cantando la verdad de nosotros mismos, seguirán siendo.
Por eso será que lo escuchamos como si estuviera vivo.
(El 13 de abril se cumplieron tres años de la muerte del escritor uruguayo.)
Fuente : Página 12.

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